lunes, 4 de febrero de 2019

Filosofía para vagos


Un resumen del resumen

Es difícil que uno llegue a entender a otra persona bien en algún momento. Ni una vida entera nos da para conocernos bien a nosotros mimos. Y, entonces, ¿por qué creemos que podemos conocer a un personaje histórico con un resumen?

Puede que tengamos una idea de quién fue Sócrates. Aunque es fácil que lo estemos confundiendo con Platón u Aristóteles, o incluso con Epicuro –mi filósofo favorito.  Pero siendo optimista, supongo que al menos alguno sabrá que fue un filósofo. “¡Aunque dios sabe lo que significará eso!”, os diréis seguro  para vosotros mismos ¡PALETOS!

Intentemos lo imposible:

El más feo y desagradable a la vista, e incluso al oído, es Sócrates. Un tipo que se levanta al amanecer y se pira para el mercado para animarse el día. No sé si os hacéis una idea. Es un tipo que lo mismo te para y te preguntaba, “oye, fulanito, qué piensas tú sobre la justicia”.  Y entonces, si articulas decir cualquier tontería, el tipo se te para y te contesta  deshaciendo tu pobre respuesta. Y a todo esto, los mercaderes y clientes que al principio se habían esfumado al presentir a Sócrates, empiezan a salir de todos lados, y colocándose  a vuestro alrededor, se acomodan para presenciar la escena. En este punto es importante recordar que, en la antigua Grecia, no había tele. Mucho menos internet. Y que uno había de conformarse con asistir al teatro cuando era posible. E incluso con cualquier poeta o músico callejero se satisfacían la curiosidad y el morbo con una buena o mala historia. Dicho todo lo cual, es fácil entender a los curiosos que se arremolinaban alrededor de Sócrates y  el conejillo de indias que éste había elegido  ese día, y que iba a saciar – o al menos a apaciguar durante un tiempo- la curiosidad de la gente y la necesidad de “verdad” de Sócrates.
Como es lógico, alguien así, tendrá enemigos por doquier y algunos amigos y admiradores acérrimos. Uno de sus alumnos, Platón, nos dejó por escrito algunos de los pensamientos más célebres de su maestro. Lo cual es de suma importancia, pues Sócrates jamás dejó nada por escrito: si acaso alguna nota para la leona de su mujer… Pero… si fue así, no ha llegado hasta nuestros días.
De Platón podemos decir que, aunque lo admiraba, no estaba en total acuerdo con Sócrates, su maestro. Y diseño un artilugio intelectual a través del cual nos llevo del mundo imaginado al real y de allí al infinito y mucho más: el mito de la caverna. Muy aconsejable. Sobre todo para aquellos que están empezando a filosofar. Da mucho juego.
Luego llegó Aristóteles. Más trabajador que Sócrates. Y más sistemático que Platón. Dicen que su filosofía es la más presente hoy día. Puede ser. En verdad estudié en su momento la lógica de Aristóteles y algo más. Pero ya no me acuerdo. Y es muy posible que no me acuerde precisamente por eso. Porque puede que esté tan impregnada en nosotros que no seamos capaces de detectarla.
Y por fin Epicuro. Según el maestro Epicuro, la felicidad –bueno, antes, decir que, en su academia (conocida por el Jardín), era frecuente encontrar  no sólo a ilustres personajes sino también a esclavos y mujeres, algo impropio de la época y sus costumbres, desde luego- reside en: tener amigos, ser libre económicamente y llevar una vida analizada. Sólo bebía agua.