Un resumen del resumen
Es difícil que uno llegue a entender a otra persona bien en
algún momento. Ni una vida entera nos da para conocernos bien a nosotros mimos.
Y, entonces, ¿por qué creemos que podemos conocer a un personaje histórico con
un resumen?
Puede que tengamos una idea de quién fue Sócrates. Aunque es
fácil que lo estemos confundiendo con Platón u Aristóteles, o incluso con Epicuro
–mi filósofo favorito. Pero siendo
optimista, supongo que al menos alguno sabrá que fue un filósofo. “¡Aunque dios
sabe lo que significará eso!”, os diréis seguro
para vosotros mismos ¡PALETOS!
Intentemos lo imposible:
El más feo y desagradable a la vista, e incluso al oído, es
Sócrates. Un tipo que se levanta al amanecer y se pira para el mercado para
animarse el día. No sé si os hacéis una idea. Es un tipo que lo mismo te para y
te preguntaba, “oye, fulanito, qué piensas tú sobre la justicia”. Y entonces, si articulas decir cualquier tontería,
el tipo se te para y te contesta
deshaciendo tu pobre respuesta. Y a todo esto, los mercaderes y clientes que al
principio se habían esfumado al presentir a Sócrates, empiezan a salir de todos
lados, y colocándose a vuestro alrededor,
se acomodan para presenciar la escena. En este punto es importante recordar
que, en la antigua Grecia, no había tele. Mucho menos internet. Y que uno había
de conformarse con asistir al teatro cuando era posible. E incluso con
cualquier poeta o músico callejero se satisfacían la curiosidad y el morbo con una
buena o mala historia. Dicho todo lo cual, es fácil entender a los curiosos que
se arremolinaban alrededor de Sócrates y
el conejillo de indias que éste había elegido ese día, y que iba a saciar – o al menos a
apaciguar durante un tiempo- la curiosidad de la gente y la necesidad de “verdad”
de Sócrates.
Como es lógico, alguien así, tendrá enemigos por doquier y
algunos amigos y admiradores acérrimos. Uno de sus alumnos, Platón, nos dejó
por escrito algunos de los pensamientos más célebres de su maestro. Lo cual es
de suma importancia, pues Sócrates jamás dejó nada por escrito: si acaso alguna
nota para la leona de su mujer… Pero… si fue así, no ha llegado hasta nuestros
días.
De Platón podemos decir que, aunque lo admiraba, no estaba
en total acuerdo con Sócrates, su maestro. Y diseño un artilugio intelectual a
través del cual nos llevo del mundo imaginado al real y de allí al infinito y
mucho más: el mito de la caverna. Muy aconsejable. Sobre todo para aquellos que
están empezando a filosofar. Da mucho juego.
Luego llegó Aristóteles. Más trabajador que Sócrates. Y más
sistemático que Platón. Dicen que su filosofía es la más presente hoy día.
Puede ser. En verdad estudié en su momento la lógica de Aristóteles y algo más.
Pero ya no me acuerdo. Y es muy posible que no me acuerde precisamente por eso.
Porque puede que esté tan impregnada en nosotros que no seamos capaces de
detectarla.
Y por fin Epicuro. Según el maestro Epicuro, la felicidad –bueno,
antes, decir que, en su academia (conocida por el Jardín), era frecuente
encontrar no sólo a ilustres personajes
sino también a esclavos y mujeres, algo impropio de la época y sus costumbres,
desde luego- reside en: tener amigos, ser libre económicamente y llevar una
vida analizada. Sólo bebía agua.